LA CONCEPCIÓN ECONÓMICA JUSTICIALISTA

Y LAS DOS ALTERNATIVAS NEOLIBERALES.

Por Javier Martínez

ALGUNOS ANTECEDENTES: HACIA EL ORIGEN.

En Argentina, a lo largo de su historia, se aplicaron distintos sistemas o modelos económicos.  Si bien puede caracterizarse económicamente el período anterior a la Organización Nacional (1852-1880), no puede hablarse de modelos económicos de acumulación sino a partir de este período, ya que es en este período en que se consolida la primera hegemonía política: la de la llamada “generación del ‘80”.

El primer modelo de acumulación fue el modelo agroexportador. Éste significó la primera integración real de la economía argentina al mercado mundial.  Implicó, a la vez, la resolución de las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX a favor del puerto de Buenos Aires y, más en general, a favor de la alianza entre la clase terrateniente pampeana y los comerciantes porteños, y su fuerte vinculación con Gran Bretaña, que se transformó, de hecho, en la nueva metrópoli.

Pero la crisis mundial del 1930 impactó fuertemente sobre el funcionamiento de la economía argentina.  Los precios de las exportaciones del país (fundamentalmente, materias primas y, entre ellas, cereales y carnes) se desplomaron, los mercados internacionales se cerraron, y finalizó el ingreso de capitales desde Inglaterra.  Sin divisas por exportaciones ni ingresos de capitales, resultaba imposible continuar con la importación de bienes de consumo, insumos y bienes de capital que habían nutrido la modernización argentina desde 1880.

Fue entonces que comenzó el primer período de sustitución de importaciones, destinado a producir localmente la mayoría de los bienes de consumo que ya no se podían importar.  Durante la década del ‘30 prevalecía la idea-creencia de que se estaba solo ante una coyuntura desfavorable.  Pero la etapa de «la Argentina granero del mundo» había quedado atrás, y una naciente industria de bienes de consumo daba lugar a una burguesía que requería «cerrar la economía» y protegerla.

La crisis del campo y las oportunidades de la iniciada industrialización, como contrapartida de la creación de una cada vez más potente burguesía industrial, dieron pie a una ola migratoria desde las provincias hacia Buenos Aires y, así, al nacimiento una nueva clase obrera: antes, agraria, ahora industrial.

LA DOCTRINA Y LA CONCEPCIÓN ECONÓMICA.

Pero el capital (K) (antes agropecuario; ahora, agroindustrial) se reproducía sobre la base de ingresos de subsistencia de la clase trabajadora.  Y esta división del trabajo, desigual en términos de participación del factor capital (K) y el factor trabajo (L) en la riqueza, si bien era (obviamente) conveniente para los propietarios del capital (K), no era sostenible social ni, por ende, políticamente.

La irrupción del peronismo no fue consecuencia de una “aparición divina” (o “nefasta”, para sus detractores).  La doctrina que desarrolló y ejecutó su creador fue una respuesta distinta las inequidades de “la explotación del hombre por el capital” capitalista y de la “explotación del hombre por el Estado” marxista. 

La doctrina peronista caracterizó a ambos “extremos” como materialistas.  En efecto, la centralidad de ambos era (y es) la producción de bienes y servicios y la propiedad de los bienes con los cuales se producen los mismos.  Materialistas, como concepto, en oposición a su extremo, al espiritualismo (la humanidad y su elevación).  Pero se definen como extremos opuestos al calificarlos de individualista (capitalismo) y colectivista (marxismo).

De hecho, para la doctrina peronista, todas las corrientes político-económicas del siglo XX (por lo menos del siglo XX) no son más que combinaciones de mayores y menores grados 4 (cuatro) “dimensiones” o “tendencias”: materialismo vs. espiritualismo, individualismo vs. colectivismo.

Perón ubicó al peronismo en la intersección entre ambos pares de opuestos. “Lo material” pero como medio para que, además de meramente subsistir, la mujer y el hombre puedan desarrollar “lo espiritual”.  Aquello que entiendan que los eleva espiritualmente: la “felicidad”.  Y “lo individual” para servir al interés propio, pero también al de la comunidad, “lo colectivo”.  Para equilibrar dos tendencias fundamentales de mujeres y hombres: la libertad (individuo) y la solidaridad (colectivo).  Esta es la “famosa” Tercera Posición.

Así, el objetivo económico de un plan económico peronista es organizar e incrementar la riqueza en convivencia armónica entre el capital (K) y el trabajo (L), lo cual debe ser logrado por la conducción política, con vistas al bienestar social.  La armonía entre el capital (K) y el trabajo (L) y la búsqueda del bienestar social implica que existe un concepto justicialista de riqueza.  Para el justicialismo, la riqueza es un bien individual que debe cumplir una función social al mismo tiempo: si las riquezas crecen (si la renta nacional se incrementa o aumenta), la renta de los hogares debe crecer.  Porque, de la actividad económica, se distingue 3 (tres) aspectos: no solo 1) la formación de riqueza; sino también su 2) disfrute por parte de quienes la producen; para 3) obtener un mayor bienestar social.  La riqueza que hace grande a la Nación es, únicamente, aquella que se genera sobre la base del trabajo de un pueblo feliz y satisfecho.

El sistema económico, en la concepción peronista y en línea con el estructuralismo latinoamericano, debe buscar crear y distribuir riqueza en armonía con las dimensiones espacio y tiempo en que se toman las decisiones económicas[1].  Una expansión económica ocurre en el tiempo y en el espacio, y dentro de una nación determinada.  Y la doctrina peronista, al decidirse siempre por el Pueblo, se aleja de los equilibrios estáticos hacia equilibrios dinámicos que subordinan siempre lo económico a lo social, y lo social a lo político, entendiendo que lo político es, en su más alta acepción, realizar “la felicidad de un Pueblo y la grandeza de una Nación”. 

Los dos alternativas neoliberales.

Habíamos dicho que, luego de la crisis mundial de 1930 y de la forzada primera industrialización sustitutiva de importaciones, ya no era posible reconstruir el modelo agroexportador.  No solo por la realidad mundial, sino por la propia existencia de una clase obrera urbana y de un conjunto de empresarios ligados al mercado interno, una burguesía industrial, ejercieron fuerte oposición a ello. Obturados los caminos en este sentido, luego de 1930, a la concepción económica peronista (o justicialista) le disputaron su implementación otras dos concepciones: 1) la neoliberal industrial o desarrollista; y 2) la neoliberal financiera.

Ambas concepciones ponen en el centro de su modelo de acumulación al factor capital (K) mientras que, en oposición, la justicialista pone en el centro al ser humano, postulando (como se señalara) la subordinación de lo económico a lo social y, en consecuencia, el equilibrio entre los factores capital (K) y trabajo (L).  La “convivencia armónica” entre ambos factores, asumiendo las iniquidades “naturales” de toda acumulación capitalista en medro del primero y desmedro del segundo y, así, el “concepto justicialista de riqueza”, donde, si las riquezas crecen, también debe hacerlo la de los hogares.  Quizá es necesario repetirlo: la riqueza que hace grande a la Nación es, únicamente, aquella que se genera sobre la base del trabajo de un pueblo feliz y satisfecho.

EL NEOLIBERALISMO INDUSTRIAL o DESARROLLISMO.

La concepción desarrollista o neoliberalismo industrial fue la alternativa implementada con posterioridad a la primera década peronista (1945-1955).

Hubo intentos industrializadores previos, entre 1930 y 1945, también asimilables a las ideas desarrollistas, en tanto liderados por la incipiente burguesía industrial en alianza al capital extranjero.  El “Plan Pinedo” (1940), del gobierno del presidente Ortiz, quizá el primer programa explícitamente orientado en dicho sentido.

Iniciada la década del ’50, la recuperación europea de posguerra produjo una baja en los precios de los productos de agroexportación y, por primera vez desde 1930, las divisas de exportaciones no fueron suficientes para atender la compra de bienes de capital para sostener el crecimiento de la industria de bienes de consumo.  El salto hacia la “industria pesada” (justamente, de bienes de capital) se topó con los límites del “bimonetarismo” de ese entonces: consumir en moneda local pero necesitar de dólares (la moneda extrajera de comercio internacional) para importar y seguir el sendero de industrialización (uno que permitiera depender cada vez menos, justamente, de importar).  Como hoy, no alcanzaba con los dólares de exportación provistos, en su grueso, por el agro.

El modelo desarrollismo de Frondizi y Rogelio Frigerio (su ministro de economía) fue un intento de resolver la crónica falta de dólares como producto de la ausencia de industria pesada.  Lo que, en su momento, se conoció como “el estrangulamiento de la balanza de pagos”.  Ayer como en etapas posteriores, la “solución” era la apertura a los capitales extranjeros a los cuales, como incentivo para su inversión en el país, se les concedió innumerables beneficios, tanto en términos de repatriación de utilidades a las casas matrices y pagos por contratos de patentes y marcas, como en términos de facilidades para acceder al mercado de cambios (continuaron requiriendo divisas para importar insumos para su operación local) y al crédito.  Pero principalmente, claro, con salarios a la baja.

Tanto en aquel primer intento desarrollista como en intentos posteriores, el capital extranjero (multinacionales) no solo no aportó «industria pesada» sino que se asentaron en industrias de bienes de consumo durables: automotrices, electrodomésticos.  Y, si bien modernizaron el parque industrial, no solo no solucionaron la “restricción externa” (la escasez de dólares) sino que lo profundizaron: requirieron más importaciones, que se sumaron a las que ya requerían las empresas argentinas de consumo masivo.  En efecto, modificó la composición de la estructura productiva argentina incrementando enormemente la participación del capital extranjero, a la vez que empeoró el sector externo.  Y esta nueva estructura productiva (y sus resultados) fueron financiados, por ende, por el factor trabajo (L). 

El argumento: el ahorro favorece la inversión y, así, mayores grados de industrialización que despejen los problemas de balanza de pagos, hasta un punto en que el factor capital (K) “derrame” sobre el trabajo (L) en forma de mayores salarios.  Esto nunca ocurrió.  Ni el efecto sobre el sector externo, ni el efecto (positivo) sobre salarios.

Como puede apreciarse fácilmente, poco tiene que ver con la concepción económica justicialista en la que la mujer y el hombre, y su realización material y espiritual, constituyen el centro doctrinal.  Nada tiene de justicialista que el goce de una mayor riqueza nacional, por parte de la clase de trabajadora sea, del modelo económico, una consecuencia mediata, subsidiaria, accesoria.

EL NEOLIBERALISMO FINANCIERO.

Bajo este modelo, en la teoría, se busca robustecer el sistema financiero a fin de dotar al sistema productivo de mayores, más variadas, y de menor costo, instrumentos para financiar la actividad de este último, incentivando el ahorro que debería traducirse (también) en mayor inversión y, así en mayor actividad económica.  Pero, en la efectiva realidad, sistema financiero termina ejerciendo una fuerza centrípeta de todo flujo de fondos, atrayéndolos con retornos sobre la inversión financiera mayores que cualquier retorno que se pueda percibir por invertir en la producción de bienes y servicios de exportación o para consumo interno.  De esta forma, el factor trabajo (L) ve aceleradamente disminuida su participación en el ingreso nacional, básicamente porque no es rentable emplear mano de obra para producir en comparación con los retornos financieros a disposición en la economía.  Esto presiona hacia abajo la masa salarial: primero, en términos de salario; luego en términos, de empleo.  Y, como el continuar alimentando el ciclo financiero requiere de regulaciones laxas para poder “salir” del mismo con los retornos obtenidos, el teórico apalancamiento de la inversión productiva no se produce jamás.  El capital (K) productivo, paradójicamente, termina financiando al capital (K) sector financiero (y la formación de activos en el exterior –“fuga”-), y al primero lo financia el factor trabajo (L) hasta que este se agota y caen ambos.  Y al endeudamiento externo se recurre para financiar la salida de los capitales internacionales (y nacionales con cuentas en el exterior) “invitados” a generar retornos rápidos en el país, garantizándoles rentas extraordinarias para el capital financiero nacional e internacional.  Todos flujos que no generan stocks en la economía real, la cual se ve disminuida a su mínima expresión.

OTRA COSA, PERO NO JUSTICIALISMO.

De nuevo.  Tanto el desarrollismo (o neoliberalismo industrial) como el neoliberalismo financiero, ponen en el centro de su modelo de acumulación al factor capital (K).  Son otra cosa.  Y son ajenas al justicialismo.

La concepción peronista busca generar riqueza y distribuirla. El centro de un modelo justicialista son las mujeres y hombres del Pueblo de la nación.  Y su goce por parte de las mujeres y hombres no es solo por principio ético.  Lo hace, también, en el entendimiento de no existe acumulación de riqueza sostenida sin orden social.  Y este no puede sostenerse sin la realización material y espiritual del Pueblo.  No es un resultado subsidiario, un producido por decantación. 

Por esto es que la conducción del modelo económico la lleva adelante la política.  La conduce mediante la acción de los organismos técnicos del Estado, que se vinculan con el capital (K) y el trabajo (L) mediante los órganos representativos de estos (es lo que la doctrina denomina la “organización de las fuerzas económicas”).  Por ende, la distribución de la riqueza la decide política.  La justicia social no la produce el capital (K), no se genera por “derrame”, y no es un producto subsidiario de ningún modelo económico.


[1] El estructuralismo latinoamericano (su método) aborda el “problema económico” desde las características reales y tangibles de la situación económica de la que se parte, incluyendo sus antecedentes históricos relevantes.  A contramano de forzar la realidad a la aplicación de un conjunto de postulados generales y abstractos, supuestamente aplicables a todo lugar y tiempo.

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