Por: Federico Vaccarezza
En 2024 En 2024 la Argentina exportó bienes por USD 79.000 millones de dólares e importó por USD 59.000 millones. El dato más revelador es la composición geográfica: el 75,9% de las exportaciones y el 69,9% de las importaciones tuvieron como destino u origen países en vías de desarrollo. Las economías avanzadas representaron apenas el 24% de las ventas externas y el 30,6% de las compras.
Los socios comerciales más relevantes de la Argentina son, justamente, dos de las potencias emergentes más dinámicas de la economía mundial: Brasil y China. A ellos se suman países del sudeste asiático, India, Chile, América Latina y el mundo árabe, que configuran el núcleo real de nuestro intercambio internacional. Esto no significa que los mercados desarrollados carezcan de atractivo, pero lo cierto es que el eje del comercio global entre Estados Unidos y Europa deja poco espacio para la Argentina, y además nuestro país no ha desplegado una estrategia consistente para insertarse con fuerza en esos mercados.
La globalización clásica —basada en apertura y liberalización— quedó atrás. Hoy transitamos un proceso de “reglobalización”, donde los beneficios comerciales se negocian cada vez más como parte de una sintonía política. Ya no basta con abrir mercados: hay que construir alianzas estratégicas. El mundo se mueve en torno a dos polos: por un lado, Estados Unidos y Europa; por otro, el bloque BRICS+ y sus aliados emergentes. En este nuevo escenario, las ventajas comerciales se conceden en paralelo a la solidez de los vínculos políticos.
Frente a esta realidad, la opción estratégica para la Argentina se alinea con los principios de un modelo económico justicialista: privilegiar la relación con las naciones del Sur Global no es una mera casualidad estadística, sino una decisión soberana que busca construir un comercio internacional más equitativo y multipolar. Se trata de una visión que, en lugar de subordinarse a los centros de poder tradicionales, apuesta a la solidaridad entre pueblos en desarrollo como motor de un crecimiento mutuo y auténtico.
En este contexto, el gobierno de Javier Milei buscó mayores concesiones con Estados Unidos, pero ni Washington ni Bruselas han estado dispuestos a abrir sus mercados. El mensaje es claro: Argentina no es parte de ese “club de negocios”. Al mismo tiempo, el país no ha sabido capitalizar las oportunidades que ofrecen sus principales socios emergentes bajo la dinámica de la reglobalización.
Una política comercial eficaz debe ser pragmática: el objetivo no es ideológico, sino conseguir ventajas concretas. La estrategia actual ha priorizado afinidades políticas antes que resultados económicos, y en consecuencia Argentina ha quedado rezagada.
Los datos son contundentes: más del 70% de nuestro comercio exterior depende de países en desarrollo, con el BRICS+ como epicentro de oportunidades. En una coyuntura económica frágil, la Argentina no puede darse el lujo de alejarse de sus principales socios. Se requiere una política exterior inteligente, desideologizada y orientada al desarrollo productivo.
La globalización que conocíamos terminó. Un nuevo orden internacional está surgiendo y trae consigo oportunidades inéditas. No es una cuestión de banderas ni de discursos: es, lisa y llanamente, una cuestión de negocios. Y para la Argentina, el camino más pragmático y a la vez justo es abrazar estratégicamente aquel modelo que siempre propició la integración con los pueblos hermanos, transformando una ventaja geopolítica en una poderosa herramienta para el desarrollo nacional.