Por Camila Nagy
Como su nombre lo indica, la centralidad del modelo neoliberal financiero gira en torno
a la especulación financiera y no a la economía real, lo cual implica que su objetivo
principal es la valorización del capital en el circuito financiero. Se suben las tasas de
interés, lo que encarece los créditos y desplaza a la inversión productiva, al tiempo que
se abre el camino a las importaciones sin tomar en cuenta si esos bienes se producen
localmente o no y crece el endeudamiento externo. Todas estas medidas impactan de lleno
en la industria nacional.
Las consecuencias más inmediatas son la caída del empleo y la caída del consumo. En
este sentido, los “ganadores” son los sectores concentrados y los acreedores externos y
los “perdedores” son las mayorías.
El ajuste fiscal (recorte del gasto público) afecta principalmente a los sectores más
vulnerables, es un ingrediente indispensable de este modelo, que necesita cumplir con los
acreedores externos a fin de sostener (e incrementar) sus niveles de endeudamiento.
A su vez, se produce una concentración del ingreso en pocas manos mientras que las
mayorías se empobrecen. Cae la producción, caen los ingresos, cae el empleo, cae el
consumo. Crece la especulación financiera, crece el endeudamiento y crece la pobreza.
El modelo neoliberal financiero no es un modelo de desarrollo. En nuestra historia la
dictadura militar (1976-1983, aumentó la deuda externa en un 470%), Menem (1989-
1999, privatizó más del 80% de las empresas públicas) y Macri (2015-2019, volvió a
tomar deuda con el FMI, endeudando a la Argentina en más de 45 mil millones de dólares,
un monto record para el propio Fondo) son ejemplos de la aplicación de este modelo.
Por su parte, el modelo justicialista promueve la industria nacional, la generación de
empleo y el bienestar de la población. El acceso a derechos como la educación y la salud,
porque se entiende que el crecimiento económico no puede conseguirse si no es mediante
el mejoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora. Es un modelo que
incluye, que acompaña y que promueve el bienestar de las mayorías.
Para el modelo justicialista el Estado es un actor clave, porque es mediante la
planificación de la economía y desde la intervención estatal que se redistribuyen los
excedentes, promoviendo la profundización del entramado industrial, estimulando y
acompañando el desarrollo de sectores estratégicos.
Al redistribuir el ingreso se estimula fuertemente el consumo, como motor de la
economía, generando un círculo virtuoso, en el que un mayor consumo a su vez tracciona
la inversión y el empleo. Es de conocimiento popular que las clases populares tienen una
mayor propensión a consumir, es decir, cuando tienen un incremento de sus ingresos lo
gastan. Esto estimula la inversión porque se vende más, con lo cual los empresarios
también ganan más.
Perón (1945-1955), Nestor (2003-2007) y Cristina (2007-2015) son los exponentes del
modelo justicialista.
En resumidas cuentas, el modelo neoliberal financiero es particularmente dañino con la
clase trabajadora. Y cuando al análisis le sumamos la perspectiva de género la diferencia
entre ambos modelos se hace por demás evidente.
Dado que las mujeres se insertan en la economía desde sus roles asignados socialmente a
su género, las tareas de cuidado quedan a cargo de las mujeres, por lo que les cuesta
mucho más ingresar al mercado laboral y, cuando lo hacen, son trabajos con menores
remuneraciones, menor estabilidad y mayor informalidad. Asimismo, en general, son
empleos vinculados a las tareas de cuidado que no implican liderazgo (el famoso techo
de cristal) en el sector servicios, como limpiar, cocinar, cuidar personas o en las tareas
más básicas como atender el teléfono o despachar desde un mostrador.
Y acá es donde el modelo económico cobra especial relevancia. El modelo neoliberal
financiero al propiciar la caída de la producción y empujar hacia arriba el desempleo,
perjudica más a las mujeres, que en el ámbito privado son las primeras en quedarse sin
trabajo, dado el mayor nivel de precariedad con respecto de sus pares hombres. Por otro
lado, el achicamiento del Estado que promueve este modelo también eleva la tasa de
desocupación de las mujeres, ya que ellas representan más del 52% del empleo en el
Estado, lo que las deja en una situación de mayor vulnerabilidad frente a los
achicamientos del sector público.
En cambio, en el modelo económico justicialista, las mujeres son reconocidas y valoradas
desde un Estado que las acompaña y las incluye. Políticas públicas como la moratoria
previsional (Ley 25.994, del año 2005), también conocida como la “Jubilación de amas
de casa”, que reconoce las tareas de cuidado como lo que realmente son, trabajo; o la Ley
26.844 del año 2013, que reconoce a las trabajadoras de casas particulares plenas de
derechos laborales son un ejemplo de ello.

Fuente: Elaboración propia en base a datos de la CEPAL1
No hay datos de 2015, por lo que ese año está omitido.
Como podemos apreciar en el gráfico anterior, la tasa de desocupación de las mujeres
baja desde el 17,10% en 2003, con el Presidente Nestor Kirchner y desciende para todo
el período kirchnerista hasta el 8.2%, mientras que durante la presidencia de Mauricio
Macri la tasa vuelve a crecer hasta el 10.2%. Los modelos económicos importan, y
mucho. El año 2020 el pico es resultado de la pandemia, pero luego vuelve al descender hasta alcanzar el 6.2% a fines del gobierno de Alberto Fernández. Incluso entre 2021 a
2023 se produce una convergencia a la tasa de desocupación masculina, con lo cual la
brecha entre ambas se reduce significativamente.

Fuente: elaboración propia en base a datos de la CEPAL
En el marco del modelo económico justicialista las mujeres no sólo pudieron incorporarse
más al mercado laboral, sino también en mejores condiciones. La brecha salarial es un
indicador claro de esto.
La brecha salarial de género es la diferencia entre lo que cobra un hombre y lo que cobra
una mujer, en las mismas condiciones. Si entendemos el salario masculino de 35 horas
semanales, con igual nivel de escolaridad como el 100%, la participación del salario
femenino, para el segmento con 6 a 9 años de escolaridad, en el año 2013 era del 80.2%,
mientras que en el 2016 era del 72.9%. La brecha se amplia de un modelo económico a
otro en casi 8 puntos porcentuales para este segmento de escolaridad.
Cuando analizamos el segmento de 10 a 12 años de escolaridad, la participación del
salario femenino es del 83.5% en 2013 mientras que en el 2016 es del 77.4% .

Así, resulta evidente que cuando el modelo económico neoliberal financiero ajusta y
recorta para favorecer la concentración, la especulación y los negocios para unos pocos,
las más perjudicadas son las mujeres. El modelo económico justicialista, en cambio,
promueve todo lo contrario. Promueve la distribución del ingreso, el trabajo, amplía
derechos. La lucha de las mujeres por la igualdad no encuentra eco en el modelo
neoliberal financiero, y dar la pelea también significa reconocer que no da lo mismo un
modelo que otro, por lo tanto no da lo mismo un gobierno que otro