DE LA DICTADURA A MILEI

Un mismo modelo económico

Neoliberalismo y globalización financiera

La década de 1970 marcó un punto de inflexión en la historia del capitalismo, poniendo fin a los llamados «años dorados» de la posguerra y reemplazando a los modelos de acumulación basados en los Estados de Bienestar por un nuevo modelo de acumulación centrado en la valorización financiera. La ruptura del sistema de Bretton Woods en 1971, con la decisión de Richard Nixon de abandonar la convertibilidad del dólar en oro, desató una era de mayor volatilidad monetaria y facilitó la expansión del capital financiero. Poco después, las crisis del petróleo de 1973 y 1979 provocaron un drástico encarecimiento de la energía, impulsando la inflación y desestabilizando las economías industriales. La ruptura de la convertibilidad del dólar le permitió a Estados Unidos afrontar esta situación con mayor flexibilidad monetaria, es decir, con mayor facilidad para emitir dólares.

A su vez, la acumulación de petrodólares en los países exportadores de crudo encontró en los mercados financieros internacionales un vehículo de reinversión, canalizando ingentes flujos de crédito hacia economías en desarrollo, especialmente en América Latina. Este proceso alimentó un creciente endeudamiento estatal que, en la década siguiente, desembocaría en severas crisis económicas y en la imposición de políticas de ajuste estructural promovidas por organismos internacionales.

Para que este esquema de globalización financiera tuviera éxito resultaba necesario debilitar las restricciones nacionales sobre los flujos financieros y fomentar la interconexión de los mercados globales. En este sentido, se implementó el llamado Plan Cóndor a través del cual Estados Unidos propició la instauración de dictaduras militares en todo el cono sur que buscaban imponer este nuevo paradigma.

El programa económico de la dictadura cívico-militar en Argentina, diseñado en línea con las doctrinas neoliberales importadas, tuvo como objetivo desmantelar la estructura de la sociedad industrial y establecer las bases de un nuevo modelo de acumulación centrado en la valorización financiera. Para imponer este esquema de mayor concentración y desigualdad, el gobierno militar recurrió a un sistema de violencia sistemática, represión y violaciones a los derechos humanos, eliminando cualquier resistencia a través del terrorismo de Estado.

Por primera vez en la historia global, el sistema financiero pasó a ocupar un rol central, dejando de ser un mero instrumento al servicio del capitalismo productivo. El neoliberalismo propició que el capital financiero adquiriera autonomía y produjo una inversión en la lógica tradicional de financiamiento: en lugar de destinarse a la producción y la satisfacción de necesidades, su objetivo primordial se convirtió en la propia valorización de ese mismo capital, sin una correspondencia directa con la economía real. En este contexto, resulta fundamental reubicar al sistema financiero en su función esencial: servir como mecanismo de financiamiento para proyectos productivos, infraestructura, créditos hipotecarios y en función del desarrollo social.

Paralelismos entre el programa económico de la dictadura cívico militar y el de Javier Milei

La dictadura cívico-militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1983 implementó un programa económico que transformó profundamente la estructura productiva y social del país. Bajo la dirección del ministro de economía Martínez de Hoz, se aplicaron políticas neoliberales que priorizaron la valorización financiera, la apertura económica y la desindustrialización. Estas medidas, aunque presentadas como modernizadoras, tuvieron consecuencias devastadoras para la economía y la sociedad argentina. En la actualidad, el programa económico del presidente Javier Milei, con sus ministros Luis Caputo y Federico Sturzenegger, muestra paralelismos preocupantes con aquel modelo, especialmente en aspectos como la primacía de la valorización financiera, la desregulación indiscriminada y la reducción del Estado a la mínima expresión, la apertura irrestricta y la desindustrialización, el sobreendeudamiento y la disciplina social mediante la represión de la protesta.

Esquema cambiario: la tablita de Martínez de Hoz y el crawling peg de Caputo

Uno de los pilares del programa económico de la dictadura fue la «tablita cambiaria», un sistema de devaluación preanunciada del tipo de cambio que buscaba reducir la incertidumbre y controlar la inflación. Sin embargo, este esquema generó distorsiones en la economía, ya que incentivó la especulación y no resolvió los problemas estructurales de la inflación. Además, la sobrevaluación del peso llevó a un déficit comercial creciente y a la pérdida de competitividad de la industria local. Este fenómeno, conocido como «atraso cambiario», generó un boom de importaciones y un colapso de las exportaciones, lo que agravó el desequilibrio externo.

En la actualidad, el gobierno de Milei ha implementado un sistema de «crawling peg» o minidevaluaciones programadas, similar en su lógica a la tablita de Martínez de Hoz. Este mecanismo busca evitar saltos bruscos en el tipo de cambio y apunta a hacer converger a la inflación hacia la pauta de devaluación. Justamente, la forma que tiene este programa de reducir la inflación es generando atraso cambiario. Esto deteriora las cuentas externas y rápidamente se vuelve insostenible, es por ello que para prolongar este esquema necesitan financiamiento externo.

Valorización financiera, sobreendeudamiento y fuga de capitales.

Durante la dictadura, el programa económico de Martínez de Hoz se centró en la valorización financiera, es decir, en la generación de ganancias a través de la especulación financiera en lugar de la producción. Se liberalizó el control oficial de las tasas de interés, las cuales subieron para atraer capitales extranjeros y se otorgó previsibilidad en el valor del dólar a través de la mencionada tablita. Sin embargo, esto incentivó un fenómeno de «bicicleta financiera», donde los actores económicos obtenían ganancias rápidas a través de préstamos en el exterior y su posterior colocación en el mercado local a tasas más altas. Las tasas de interés reales positivas no generaron un mercado de capitales de largo plazo que atendiera la inversión, sino uno de corto plazo, de esencia especulativa y de redistribución regresiva de riquezas. El famoso carry trade.

Entre 1976 y 1983, la deuda externa argentina se multiplicó por seis, pasando de 7.000 millones de dólares a más de 45.000 millones. Gran parte de este endeudamiento no se destinó a inversiones productivas, sino a financiar la fuga de capitales y el gasto militar. El FMI jugó un papel clave en este proceso, avalando y financiando las políticas económicas del régimen. Gracias a la desregulación indiscriminada, este esquema facilitó la fuga de capitales, que se estima en unos 40.000 millones de dólares durante el período. Sumado al pago de intereses devengados de deuda, la salida de dólares de la economía argentina por estos conceptos superó los 100.000 millones durante el gobierno de facto.

En la actualidad, el gobierno libertario ha retomado este enfoque con una salvedad: a diferencia de la dictadura, Milei no eliminó los controles cambiarios. En este esquema el gobierno libertario determina la cotización del dólar oficial e interviene los mercados para controlar los dólares financieros. De esta forma el gobierno puede garantizar ganancias extraordinarias en dólares que mantienen la bicicleta financiera, siendo ésta el principal sostén de la frágil estabilidad macroeconómica conseguida.

De la misma forma que ocurrió durante la dictadura militar, el gobierno actual espera conseguir un desembolso del FMI que le brinde algo de aire para poder prolongar este delicado equilibrio a costa de comerse un stock de dólares frescos y volver a incrementar la deuda externa.

El desembolso de fondos frescos del FMI y la desregulación total de los flujos de capitales es una receta que ya ha fracasado en Argentina. En un inicio, el país probablemente experimente un ingreso de capitales especulativos que permitan sostener la estabilidad y la apreciación del peso. Sin embargo, ante una ola de desconfianza (en un contexto internacional turbulento), rápidamente, la reversión de esos flujos dejará solamente más deuda y más pobreza.

Desindustrialización y concentración del capital

Otro de los elementos en común entre ambos programas económicos tiene que ver con la economía real. La dictadura militar promovió una política de apertura económica que llevó a la desindustrialización del país. La reducción de aranceles a las importaciones y la sobrevaluación del peso hicieron que muchas empresas locales no pudieran competir con los productos extranjeros, lo que resultó en el cierre de fábricas y la pérdida de empleos industriales. Este proceso benefició a los grandes grupos económicos, que pudieron consolidar su posición dominante en la economía, mientras que las pequeñas y medianas empresas sufrieron las consecuencias. A su vez, el fuerte déficit de cuenta corriente debido al atraso cambiario fue financiado con ingreso de capitales vía endeudamiento externo.

El programa económico de Milei también apunta a una mayor apertura comercial y a la reducción del papel del Estado en la economía. Si bien se argumenta que esto generará un salto de productividad y mayor eficiencia, existe el riesgo de que se repita el fenómeno de desindustrialización y concentración del capital, especialmente en un contexto global donde las economías más desarrolladas protegen sus industrias con subsidios y barreras arancelarias. La falta de políticas activas para proteger a las PyMEs y promover la industria local sin duda va a agravar este proceso.

Conclusiones: resultados sociales y económicos

El programa económico de la dictadura tuvo consecuencias devastadoras para Argentina. Entre 1976 y 1983, el desempleo se triplicó del 3% al 9%, la pobreza se disparó del 3% al 25% y el PIB per cápita cayó un 15%. La participación de los asalariados en el PIB se redujo de valores cercanos al 50% a la zona del 30% durante el gobierno de facto. La inflación, lejos de controlarse, alcanzó niveles récord, superando el 600% anual en 1982. Además, el endeudamiento externo dejó una pesada carga para las generaciones futuras. La «plata dulce» y el atraso cambiario generaron una ilusión de prosperidad, pero no resolvieron los problemas estructurales de la economía.

Hoy, el programa económico de Milei parece repetir muchos de los errores del pasado. La valorización financiera, el esquema cambiario, la desindustrialización y el sobreendeudamiento son elementos que ya demostraron su fracaso en los años 70 y 80. Si no se corrige el rumbo, Argentina podría enfrentar una nueva década perdida, con graves consecuencias sociales y económicas.

La historia reciente nos enseña que las recetas neoliberales no son la solución, sino parte del problema.

Una vez más, los países desarrollados han empleado estrategias específicas para alcanzar su desarrollo económico y social. Sin embargo, una vez consolidada su posición de privilegio, proceden a «patear la escalera», es decir, a desmantelar o restringir el acceso a las mismas herramientas y políticas que les permitieron alcanzar dicho desarrollo. Posteriormente, promueven políticas económicas y comerciales que favorecen sus propios intereses, justificándolas en nombre del «bien común» o del «mundo desarrollado», lo que perpetúa las desigualdades globales y limita las oportunidades de progreso para los países en vías de desarrollo. Este fenómeno refleja una dinámica de poder asimétrica que consolida la hegemonía de las naciones más ricas en detrimento de las economías emergentes.

Es fundamental aprender del pasado para evitar cometer los mismos errores y construir un modelo económico que priorice el desarrollo productivo, la inclusión social y la soberanía económica.

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